sábado, 14 de mayo de 2011

Los eunucos blancos


LOS grandes señores musulmanes, desde Al'Andalus hasta Turquía, no sólo poseían eunucos negros, aunque estos fueran los que sirvieran directamente a sus esposas y concubinas en lo más inaccesible del palacio, pasado el umbral del tercer patio. Cuando las fronteras del Imperio Otomano se hacían y deshacían por los actuales territorios de Grecia, Macedonia, Albania, Bulgaria, Montenegro, Croacia, Serbia, aun hasta Hungría o Chequia y a veces hasta Polonia, Georgia y Bielorrusia, los tratantes hacían acopio de niños y adolescentes cristianos, que sus padres vendían gustosamente para asegurarles el porvenir, o los raptaban en aldeas, pueblos, pequeñas villas y en puertos o enclaves costeros, pues también eran piratas. Entre aquellas compras y capturas, muchas eran bellísimos chiquillos eslavos, tan distintos de turcos, arios, árabes y negros por su nívea piel, sus ojos claros, casi siempre grises o azules, también verdes o amielados, y sus castañas, albinas o rubias cabelleras. De todos es sabido que la raza eslava es muy agradecida, pues incluso hoy aquellos muchachos a los que la siempre artera pubertad -tan tardía en esas tierras que puede hacerse esperar más allá de los quince años- haya corrompido su dulzura, pues tinta de bermejo color y desproporciona  el tamaño del fruto que atesoran entre las piernas; agría, espesa y nimba su néctar casi transparente; puebla el pubis de bastos y rizados pendejos, llevando un vello oscuro a las piernas y a las axilas, que se hacen malolientes, y sombrea el labio superior con el bozo, anuncio de un aterrador bigote. Al mismo tiempo, la pubertad arrasa el timbre más agudo y aterciopelado de la voz y afea sus gargantas con la llamada noez de Adán, uno entre los llamados "caracteres sexuales secundarios" de la virilidad... Estos muchachos eslavos todavía permanecen mucho tiempo lampiños, incluso de por vida, lo cual es virtud, pero son hombres falsamente aniñados, pues sólo el cordel o la cuchilla garantizan esa gracia hasta la vejez...

La sabiduría aconsejaba actuar con presteza. Si aún es niño, cuando el eunuco blanco ha nacido para el gozo de los hombres, brillará como una joya entre la piel cetrina de sus amos. Si ya no lo es, y los estragos fueran pocos, recuperará su mancillado esplendor, sobre todo cuando la fatal hormona aún no ha alterado la voz: la flor recobrará su color natural y volverá a su tamaño infantil si la pubertad es incipiente, pero la verguilla seguirá irguiéndose y saludando las caricias con alegría hasta estremecerse con un orgasmo seco -con suerte destilará unas gotitas como perlas de rocío- pues, cuando ya lo ha gustado, casi nunca lo perderá, como la erección, aunque sea menos frecuente y haya que inducirla, por la ausencia casi total de deseo. Si los daños ya fueran mayores por causa de la adolescencia, en cualquier caso el esclavo -un término que procede del latín: slavus- por lo menos se dulcificará cuando lo alivian.


Bien es verdad que sólo algunos eunucos blancos se destinaban al placer de los señores. Los demás desempeñaban muchas labores en el harén masculino, donde asimismo vivían los hijos legítimos del amo junto con los no reconocidos por él y los que hubiere del servicio. Entre estos últimos grupos, se contaban dos clases de niños: los azamograns, a los que se adiestraba para que fueran soldados, marineros, jenízaros, orfebres o carpinteros, entre otros oficios civiles o armados, todos ellos analfabetos; y los icoglans, que recibían una esmerada pero austera, si no monástica educación: se les enseñaba a leer y a escribir, así como los misterios de la religión, y los preparaban para menesteres más elevados como siervos predilectos del señor del harén. A veces, también, los esclavos mudos, quienes espiaban y hacían los trabajos sucios del sultán, los estrangulaban con cordeles de seda, pues algunos señores temían sus conjuras, o que pudieran derrocarlos al crecer, sobre todo si eran sus hijos, no importa que fueran muy críos.
  
Todos estos niños estaban al cuidado de los eunucos blancos, que eran sus maestros y a los que tenían respeto y miedo. También hubo grandes administradores, consejeros, músicos y médicos entre estos capones. Nada mejor que castrar a un chiquillo si es inteligente: no se distrae persiguiendo tontamente a las hembras, pues a la mayoría no le atraen, y se centra en el estudio, pierde la ambición propia de quien mira el futuro por sus hijos y, además, el carácter se le amansa y por ello, se somete como un guante a su destino.


Un destino mucho mejor que el del eunuco negro, cuya mejor virtud a los ojos del amo residía en su fealdad, y al que la navaja no le perdonaba ninguna de sus partes: eran los sandali (limpios, afeitados). Dicen que la fuerza y dotación viriles de los negros son mucho mayores que las de los blancos y que podrían ayuntarse fácilmente, y por eso, habrán de hacer pis sentados; mientras que el eunuco blanco, llamado tilibas o semivir, a quien le cortan o le mortifican las gónadas por torsión, vendaje o aplastamiento, meará de pie. Excepción hecha de unos pocos, a los que sólo les siegan el bálano, herida en verdad muy cruel, pues estos desdichados seguirán siendo varones, impedidos, sí, mas con todos sus ardores. Y es que la virilidad acrisola a los señores y soldados, y en ellos es virtud, pero distorsiona el temperamento de siervos y esclavos, aviva su egoísmo y los hace jactanciosos y soberbios, cuando no rebeldes o rufianes  En fin, por cautela ningún eunuco blanco habrá de entrar en los aposentos ni en los baños o hamman de las esposas y concubinas del gran señor, no fuera que resultara espadón con ínfulas de macho o se ayudare con insidiosos falos de caucho si solo estuviese podado. 


          
Casi todos los cristianos llegaban al serrallo debidamente castrados. Si el destino de los eslavos era Al'Andalus, en Verdún los aviaban o ya por tierras cordobesas, en Lucena, donde se prodigaban hábiles cirujanos judíos, pues al musulmán le disgusta hacerlo, aunque en propiedad su religión sólo prohíba que se le practique esta sencilla operación a otro musulmán. Si algún eunuco blanco debía volverse tan dulce como una niña, cuanto más infante mejor, pues antes se afemina un zagal si lo aligeran entre los tres y los ocho o nueve años, y con mayor supervivencia, que después, más crecido, cuando ya está algo resabiado y fantasea con ser muy hombre por haber perdido -más de uno hay- eso que llaman inocencia. Y es que muchos bribones comienzan a masturbarse a partir de esa tierna edad, los muy pícaros, algunos bien aleccionados por sacristanes y curas, otros por la vida en el campo, donde el ganado y la volatería hacen público su animal instinto sin recato ni pudor algunos.

  

Si el tiempo era soleado, se capaba en un patio al aire libre; si no, en alguna habitación luminosa y ventilada. Al niño se le inmovilizaba como cuando se circuncida: dos ayudantes tiraban  de las muñecas y los tobillos o le pasaban los brazos por debajo de las corvas, de forma que no pudiera escabullirse, manotear o patalear, ni juntar las rodillas para proteger inútilmente sus partes íntimas. Una vez estuviera bien sujeto y libre el acceso a las ingles, el cirujano aproximaba una tablilla de madera donde, primero, apoyaba y estiraba su pequeño apéndice viril, asiéndolo firmemente de un pellizco en el prepucio, éste todavía bien uncido al capullo, para sajarlo de un tajo, por la raíz o muy por debajo del glande, con un pequeño cuchillo curvo y afilado. Luego, según cuentan las crónicas, sobre ella se le "volteaban y vaciaban las bolsas". Era tan fácil y seguro como "coser y cantar", decían. Después, untaban la herida con aceites medicinales a punto de hervor no sólo para detener la hemorragia, sino también para evitar infecciones; por último, se le introducía una varita de plomo o una plumilla de ave en la uretra restante, para que el nuevo meato no se ocluyese e impidiera la micción, lo cual era muy grave, pues de tal complicación resultaba una muerte casi segura, uno o dos de cada diez esclavos así castrados. 


Para llevar a buen fin tan delicada operación, antes se tomaban ciertas precauciones higiénicas. Al candidato se le purgaba la víspera, para que liberara el intestino de heces, pues la caca es muy séptica, y los primeros días se le alimentaba sólo con leche y purés para que evacuara el vientre lo menos posible.  En pocas semanas, la herida cerraba limpiamente y unos meses después, la cicatriz ya ni se notaba, como si allí, en el triángulo incierto de su vientre, nunca hubiera habido sino un pequeño orificio coronado de una coqueta aureola, leonada y rosa.          

         
Mucho menos peligroso resultaba inutilizar con unas tenacillas los cordones espermáticos, cosa que se hacía desde la antigua Roma; más efectivo, aplastar y moler con los dedos las perniciosas criadillas, hasta que se diluyeran totalmente en su bolsa. Y lo más seguro: extraer ambos dídimos a cuchillo, a veces con todo y saco. Pero ya habrá tiempo de relatar las muy variadas formas e instrumentos con los que se ha prevenido, en toda época y cultura, el influjo indeseable de su actividad endocrina. Por hoy, nos basta imaginar su resultado, esos airosos balanillos suspendidos casi en el aire (si es que sus dueños fueron evirados cuando tenían escrotos infantiles y se replegaron bajo ellos) o emergiendo sobre la grácil colcha de esos bolsones, ya felizmente vacíos, a manera de solapas. Ángeles blancos mucho más allá de los veinticinco años, sexualmente cándidos pero algo perversos, la piel tersa y tierna, la voz para siempre clara y pura, más inteligentes y dóciles, pues su carácter y temperamento acuerdan mejor con  su condición servil gracias a la muy estimable calma de los eunucos.       

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